No te olvides las pastillas

Era la Graduación de su nieto, y no se lo quería perder.
En el mes de junio, en Madrid, ya se nota el calor del verano y ella miraba entre sofocada y perpleja. Llevaba casi cinco años con la hormonoterapia, con el “maldito tamoxifeno”, que a pesar del verde de su envoltorio, ella lo veía rojo.

Razones hay para prescribir cinco años de tortura, revisable y duplicable a otros cinco, eso si, en aras de la curación, la garantía y evitar la recurrencia. Suena bonito, aunque muchas noches no te lo crees. Cuando cantan las canillas y sube el hormigueo, poco importa lo importante del tratamiento.

Su hermana, que también padeció cáncer, se tomó la medicación como si de un caramelo de menta para quitar la carraspera se tratara y aclarar la voz, durante más de diez años. Y no lo tomó por temor, lo tomó porque se lo había prescrito y siempre fue la hermana obediente.

Su sobrina se sumó al club. Lleva meses tomando tamoxifeno, acumula los efectos secundarios con el egoísmo de quien tiene el fuego en una isla de supervivencia y durante una de las pocas buenas semana repite incansable “Virgencita que me quede como estoy”.

No le retirarán la medicación antes de los cinco años como a su tía, no aguantará más de diez como a su otra tía, pero sí soñará, sueña, cada noche, que el final llegará. Y que ganará, porque no hay otra opción.

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