Manta que te quiero manta

Dia: 07/05/2020

San Agustín Roscelli.

Llegó por Navidad. La manta de llama llegó de Perú como regalo, envuelta en un papel blanco y sin avisar. Era más grande de lo habitual para este tipo de telas que se dejan en los sillones para arropar las siestas. Tenía colores suaves, entre tostados, grises y blancos sucios, y dibujos de cuadros, pero no de los convencionales escoceses, si no abiertos y claros, casi como si fueran de un mantel de caserío. El pelito medio suave le daba un carácter especial, que se alejaba de los modelos de Ezcaray que todavía guardaba más gruesas.

Cada tarde, después de comer, la sacaba de su cesto, y ella salía como si fuera una alfombra de la lámpara maravillosa. Se la colocaba de abajo hacia arriba, tapando los pies y llegando sin problema hasta el cuello. Cuanto terminaba de colocarla, ya se le había escurrido entre las piernas y tenía que volver a colocarla. La estiraba totalmente para disfrutar de su tamaño generoso. Y tras repasar con la mirada su esbeltez se dejaba llevar por el sueño.

Años atrás, para la boda, recibió su primera manta. Envuelta en un papel de cuadros plateados con un lazo dorado, se la entregaron ansiosos. Al abrir salió como muñeca de tarta, rosa y amarilla con cuadros marcados y un tamaño habitual. La utilizaba cada noche cuando cansada de trabajar, de redactar artículos de arquitectura, se tiraba sobre el sillón amarillo, amarillo limón, mientras se preguntaba quién podría elegir ese color para el mueble. Pero a ella le daba igual, al menos hacía juego, no chirriaba la manta colorista y bailona.

 

¿Cómo se puede vivir si una manta propia? Se preguntó siempre que llegó la hora del descanso. Porque para dormir en la cama sirve cualquier manta, porque vas a apagar la luz, la vas a poner entre las sábanas y quizá una colcha. La manta de sofá es única, porque siempre está desnuda y esperando ser abrazada.

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